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La Cuarta Carabina de Ambrosio

Hay un tufo de autocomplacencia en el gobierno entrante que asquea.

Me explico: no se trata de que Andrés Manuel López Obrador señale con maniática precisión los fallos, reales o imaginarios, de sus adversarios políticos —o de la oposición entera en su conjunto— ni de que carezca de razón cuando realiza el desalentador diagnóstico del estado de la Patria; podría tener razón; es sólo que, en el proceso, se olvida de que él fue parte de ese sistema del que ahora se lamenta tan amargamente, al igual que la inmensa mayoría de los cambiacapas que ahora le ensalzan con singular entusiasmo.

Martí Batres (en el nombre mamón lleva la penitencia), Tatiana Clouthier (oportuna tránsfuga del panismo) o Esteban Moctezuma, Porfirio Muñoz Ledo o Manuel Bartlett, epítomes del priísmo recalcitrante del que tanto se duele el prócer en ciernes son ejemplos inmejorables de lo ridículo que resulta hablar de una 4.ª Transformación de la República; más aún, quien le haya instalado esa idea loca en su cabecita de algodón es un imbécil o un cínico (no quiero ni pensar que haya sido ocurrencia suya).

Hablar de una 4.ª Transformación de la República es pretender, en los hechos, que hubo otras tres: que la Independencia, en efecto, liberó a México, para que no volviera a ocurrir jamás, del influjo extraño de una potencia extranjera que lo tenía sometido; que la Reforma consolidó la transformación social mexicana a partir de la transición de la estructura política entre liberales y conservadores o el clero y el régimen seglar; y que la Revolución, consiguió poner freno o de plano eliminar la brutal desigualdad entre las clases más prósperas y las más débiles, económicamente hablando.

Quien haya leído con atención dos o tres libros serios de historia de México, sin las estridencias populistas alentadas desde el priato, sabrá que desde antes de Juárez, concomitante a Juárez y después de él, los Estados Unidos de Norteamérica vinieron a sustituir, centuplicados los excesos y abusos, a la Corona Española; que la Iglesia Católica ha sostenido en el transcurso de los siglos (ahí está la rebelión Cristera que no me dejará mentir) su hegemonía, pero hace mucho dejó de detentar poder político alguno; y que la inequidad y la pobreza recalcitrantes, a lo largo y ancho de la República, desde sus más tiernos orígenes independientes, han transcurrido inmutables hasta nuestros días: había pobres con Juárez, los había con Madero, continuaron antes y después de Cárdenas, y aunque más numerosos, los pobres de ahora son los mismos pobres del PRI anterior y posterior a Andrés Manuel.

Por cierto, preocupa la actitud imbécil de la líder de MORENA, ese engendro llamado “Yeidckol Polevnsky”, quien sin sonrojos afirmó de manera pública y categórica: “Cuando sacas a gente de la pobreza y llegan a clase media, se les olvida de dónde vienen”; y reiteró: “La gente piensa como vive […] se les olvida de dónde vienen y quién los sacó”. ¿Sacas a la gente de la pobreza? ¿A la clase media se les olvida de dónde vienen? ¿A la gente se le olvida quién los sacó de la pobreza? Que alguien explique esa aberración: ¿No sale la gente de la pobreza merced a su trabajo, a su esfuerzo? ¿Hay que mantener a la gente pobre?1

Como sea, a donde quiero llegar con el título que encabeza estos párrafos es que hablar o pretender una 4.ª transformación de la República es desconocer, en lo más mínimo, la historia de este adolorido país; no ha habido transformación alguna; en mil años de historia, con los aztecas incluso, las clases privilegiadas eran clases privilegiadas y de ahí hasta abajo, donde el grueso de la población vivía penurias y estrecheces sin cuento; poco cambió durante la Colonia; y en los 200 años de historia de México “independiente”, el adjetivo no es sino un risible modo de autodefinirnos.

Otro de los rasgos sin desaparecer es el autoritarismo de quien detenta el poder y la obsequiosa obsesión de complacerlo de parte de quienes rodean al mandamás de turno; pretender que los males de México, que se remontan a 200 años, es posible remediarlos en un sexenio por un solo individuo —exactamente lo que está ocurriendo— no es más que la repetición de la película que los mexicanos hemos visto desde hace décadas; con la variante de que, esta vez, a los protagonistas parece que los sacaron de la tumba para el remake. Quien no pueda ver esa simple verdad es más tonto de lo que no piensa.

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Luis Villegas Montes.

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