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Apocalíptica Cuarentena

Estos días de Cuarentena por Coronavirus son tortuosos para la frontera. La pueblerina forma de vida ha desaparecido y se ha tornado dramáticamente retorcida y de continua zozobra.

En Juarez y El Paso escasean las mercancías y aumentan las restricciones para la compra de productos básicos.

El papel sanitario se ha convertido en la Estrella de la Epidemia al hacerse pasar como poderoso antibiótico del que todos quieren tener una bodega completa.

La alta demanda ha ocasionado una escasez alarmante del producto y las tiendas han establecido severos protocolos de compra con nuevos topes a la adquisición de productos.

En Walmart hay que levantarse a las 5 de la mañana para conseguir algo de papel y huevos que desaparecen de los anaqueles en minutos. En Sam’s hay que hacer fila desde las 7 de la mañana para entrar a la tienda a las 9 y comprar cosas en forma racionada.

En la fila la gente se mueve nerviosa como si trajera hormigas y platica mientras expresa sus temores

Es toda una experiencia inusitada que hace aflorar debilidades, inseguridades y condición humana.

Ya inmersos en la fila, es interesante escuchar las diversas conversaciones y poses que todo mundo enarbola para ocultar su ignorancia.

Por un lado el protagonista de ocasión que quiere ser el foco de atención. Con porte atletico y ropa deportiva untada al cuerpo manotea y habla de todo hasta por los codos, No suelta la palabra y de vez en cuando echa miradas de reojo a la fila deslizando sonrisas prefabricadas para impresionar a las damas.

Es una especie de Wikipedia itinerante donde no hay que no hay tema que no maneje y diseccione para dar las necesarias recomendaciones.

Por el otro, la glamorosa joven milenial recién salida del gimnasio y actitud avasallante de Yo lo sé todo y tu eres retrógrada.

Deja un momento su inseparable teléfono de tono rosado y de su mochilita Michael Kors a la espalda saca un paquetito de pañuelos desechables con los que limpia febrilmente su Shopping Cart de arriba abajo para evitar cualquier riesgo de contagio.

Una vez terminada su ardua labor participa en las charlas mientras delicados movimientos de manos, movimientos negativos de la cabeza o expresiones de aceptación con su ceja siempre arqueada.

Deja la platica un momento, toma su teléfono impulsivamente y mueve sus finos dedos con velocidad asombrosa sobre la pantalla digital para mandar un mensaje crucial. Pareciera estar texteando a la Casa Blanca por la gravedad de su rostro, pero en realidad era una llamada para informar que tardará mas tiempo porque está muy larga la fila.

Termina la llamada y vuelve a su mochilita para sacar unos lentes de sol que se monta entre sofisticados sorbos de café al termo que no suelta de su mano derecha.

En otro punto de la fila, las señoras cuarentonas son las mas moderadas. Como madres de familia platican de los problemas para conseguir las cosas del día de la gravedad de la cuarentena y del creciente temor que cierren los puentes con Juarez.

Llegan a la cola también algunos viejitos con aparatos ortopédicos que se dejan caer sobre banca mientras esperan a sus acompañantes.

Es evidente que la gente está confundida y no tiene información de lo que realmente sucede. Simplemente imita robotizadamente lo que otros hacen y dice lo que otros dicen o los medios reproducen como mantra.

El hecho es que son fácilmente manipulables, pero por primera vez en su vida tienen la oportunidad anhelada de abrir los ojos a la realidad de la vida y resolver problemas cotidianos sin depender del celular o la tele.

Por fin frente a la puerta de acceso a la tienda, una mujer robusta con chaleco de Sam’s impone vigoroso orden y deja pasar solo de una en una a las personas. Un policia uniformado le da respaldo y vigila que nadie se salga del protocolo.

Dos o tres chavos reciben a los ansiosos clientes y limpian los carritos con desinfectantes. Una vez adentro, mas empleados se encargan de entregar e n mano uno a uno los productos de mas demanda. Hay muchos anaqueles vacíos y no se cumplen las expectativas de hacer tanta fila, pero no queda otra por motivos de Cuarentena.

Tras tres horas de lenta espera, hay que hacer la fila final para pagar encaja lo que se pudo “pepenar” en la saqueada tienda. Una probadita de la vida en países comunistas.

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